Martes, 12 Noviembre 2019

 El pasado fin de semana, varias ciudades de Chile han estado envueltas en un estado de crisis que ha dejado, hasta el momento, 15 fallecidos, más de 40 heridos por arma de fuego y alrededor de 2,500 detenidos. Las manifestaciones, los incendios, la represión violenta, las graves pérdidas monetarias y humanas, han ilustrado un nuevo escenario que deja de lado aquella imagen estable de un país que ha tenido uno de los mejores resultados económicos de la región en los últimos años. Por ahora, las cosas están normalizándose en el país vecino, pero la zozobra aún se mantiene entre aquellos que todavía no encuentran respuesta ante la demanda mayoritaria de una mejor calidad de vida. Por ello, a fin de que no se vuelva a repetir este triste panorama en el futuro, resulta importante hacer un repaso de lo acontecido y tratar de bosquejar algunas de sus causas.

Para empezar, se menciona que la razón del estallido social recae en el alza del pasaje del metro de Santiago anunciada el 6 de octubre. La medida planteaba realizar un aumento de 30 pesos chilenos, aproximadamente 0.14 céntimos en nuestra moneda, de modo que el pasaje máximo llegaría a 830 pesos o 1.16 dólares aproximadamente. ¿Por qué esto, a pesar de parecer un aumento marginal del precio, significó el inicio de las protestas? Ya de por sí, el costo del transporte público en Santiago es uno de los más caros de la región. A esto se le debe sumar que el salario mínimo de Chile tiene un valor cercano a los 420 dólares, por lo que mensualmente, una persona gastaría, en transporte, aproximadamente más del 10% de la remuneración mínima. De allí a que fueran los estudiantes universitarios, una población bastante afectada por esta medida, los primeros en salir a protestar.

Jóvenes protestando en el metro de Santiago

Ahora bien, diversos grupos se sumaron a las manifestaciones, las cuales fueron agravándose para el fin de semana y se tornaron violentas en algunos puntos, tanto en las calles de Santiago como en ciudades aledañas. Por ello, el presidente de Chile, Sebastián Piñera, declaró el viernes en la noche estado de Emergencia para la ciudad capital y otras de la región metropolitana. Al día siguiente, conforme las protestas continuaron, Piñera anunció que se retiraría el aumento del pasaje, a la par que el general Javier Iturriago del Campo decretó toque de queda para algunas de las principales ciudades del país, entre las que estaban Santiago y Valparaíso. Para el domingo, el presidente extendió el estado de Emergencia a otras regiones y se estableció un segundo toque de queda. Todas las medidas anteriormente mencionadas causaron que, por primera vez en casi 30 años desde el restablecimiento de la democracia, las fuerzas armadas se hayan desplegado en las calles.

¿En qué desembocó todo esto? En primera instancia, por el lado de las movilizaciones, algunas personas aprovecharon el desorden para cometer robos, saqueos, incendios y vandalismo. Por el lado de la represión policial, se evidenció la brutalidad con que las fuerzas del orden se movilizaban. Por internet, esto último ha tenido gran difusión, en donde se ven videos y fotos de personas que son violentamente agredidas en el afán de las fuerzas policiales por interceptarlas. Es más, se han reportado casos en los que estas acciones han sido tan desmesuradas que han afectado a transeúntes y personas vulnerables, como niños y adultos mayores. La barbaridad con que actuaron las autoridades ha causado desprecio por parte de una gran mayoría, dado que las fuerzas del orden estarían yendo en contra de sus principales dictámenes y vulnerando derechos humanos.

 Represión Policial

¿Acaso todo esto ha sido producido solamente por la decisión de subir la tarifa del metro de Santiago? Catalina Magaña, vocera de la Confederación de Estudiantes de Chile, en comunicación con CNN en Español, da una respuesta a esta interrogante. Para ella, todo lo que se ha estado viviendo en su país refleja, en realidad, el descontento de la gente, el cual no ha emergido de un día para otro, sino que se ha estado formando con el pasar de los años. “Son años de represión, son años de vivir en la miseria, son años de que el Gobierno impone medidas a costa de la gente y cuando uno sale a las calles a exigir sus derechos, a exigir vida digna, nos ponen las fuerzas represivas”, mencionó. Se trata, entonces, de una desilusión generalizada ante el fracaso de las reformas educacionales, constitucionales, tributarias y de salud que ha mermado las expectativas de mejora en la calidad de vida de los chilenos. Lo anterior se agrava aún más cuando se tiene en cuenta que Chile a gozado de una bonanza económica en la década pasada, lo cual lo ha transformado en uno de los países líderes de la región. Tal como el siguiente gráfico lo demuestra, aquellos años de crecimiento económico se ha traducido en una disminución de la desigualdad y de la pobreza, variables las cuales son aproximadas por el coeficiente Gini y el PBI per cápita en dólares.

Chile: evolución del coeficiente Gini y del PBI per cápita en dólares

¿Pero cómo puede haber un descontento social tan amplio ante tan buenos resultados? Leonardo Vera, doctor en Economía y profesor de la Universidad Central de Venezuela nos brinda algunas respuestas que van más allá de los agregados macroeconómicos. Según Vera, Chile es un país con una clase media emergente, la cual, si bien vive mejor que antes, está frustrada ante sus aspiraciones. La electricidad, la gasolina, el transporte, las medicinas, la educación y el costo de vivienda representan una fuerte carga financiera dado los elevados precios de estos bienes y servicios básicos. Teniendo en cuenta que el 50% de los trabajadores chilenos recibe un sueldo igual o inferior a 562 dólares al mes (menos de 100 dólares por encima del salario mínimo), esta clase media emergente ha tenido que endeudarse para salir adelante y no volver a la pobreza en la que estuvo sumida la generación anterior. Ante el bajo nivel de salarios reales y los elevados niveles de deuda, las aspiraciones de mejora se van perdiendo. Por consiguiente, se diría que el intento de elevar el precio de los pasajes del metro es solo una de las últimas gotas que rebalsaron el vaso.

Por otra parte, el tema de la desigualdad también ha aflorado en los últimos días a raíz de las protestas. Si bien el gráfico anterior muestra un balance positivo en cuanto a la evolución del índice de la desigualdad, esta solo está considerada en función a los ingresos de los individuos. Según el último Panorama Social de América Latina de la CEPAL, en 2017, el 50% de los hogares menos favorecidos tenía solo un 2,1% de la riqueza neta del país, mientras que el 10% más rico concentraba dos terceras partes (66,5%) y el 1% más rico el 26,5%. Por ende, en contraste con el índice Gini de 0.45 obtenido de la distribución del ingreso per cápita corriente de los hogares, el índice Gini de los activos totales (físicos y financieros) asciende a un valor cercano a 0.72. Dicho de otra forma, en términos de riqueza, la desigualdad en Chile es bastante amplia.

Todo lo mencionado anteriormente ha llevado a algunos a cuestionar el modelo económico que Chile ha seguido por décadas. De allí que se mencionen que “las protestas no son por 30 pesos, sino por 30 años”. En esa línea se inserta la socióloga Lucía Dammert, quien indica que la democracia chilena está lejos de ser el oasis prometido de la región. Dammert señala que la estabilidad política ha tenido un costo elevado y que también se ha continuado con un sistema electoral diseñado en dictadura que permitió la concentración del poder en una élite pequeña, la cual abarca todo el espectro político. Para ella, se trata de un proceso que ha ido de la mano de un notorio alejamiento de la realidad ciudadana y de un acomodo constante y transversal a la lógica de las “necesidades del mercado”. Ante el continuo reclamo de mejora en la calidad de vida por parte de la ciudadanía, la indolencia de la élite política se configuró en el combustible para la frustración generalizada.

Esto último es lo que Augusto Townsend, curador principal de Comité de Lectura, desarrolla en base a lo que Yuval Noah Harari señala como el principal clivaje que divide al mundo: aquel que existe entre las élites y el resto. Las élites tienen una visión desconectada de la realidad y no están haciendo nada para escuchar al resto y resolver sus problemas, dado que justamente son las élites las que ostentan los cargos públicos que, desde el gobierno, pueden hacer cambiar las cosas. Por el contrario, los grupos mayormente privilegiados han racionalizado, de distinta manera, la falta de oportunidades que sufren determinadas poblaciones para no ver la magnitud de su gravedad. Una de estas es ver y contentarse con las cifras agregadas y no considerar medidas más directas o detalladas como un índice multidimensional de pobreza o de movilidad social. Otra forma de obviar lo que ocurre en la sociedad al momento que estalla la protesta es rebajar las manifestaciones válidas a una cuestión de que, en realidad, son orquestadas o financiadas por otras terceras partes. Por último, varios perciben todo esto como un asalto al sistema al que se le pretende dar un cambio radical. Por ende, temen perder sus privilegios ante lo que consideran un sistema perfecto

En suma, Chile ha demostrado que un lamentable escenario se ha mantenido oculto detrás de la narrativa del milagro económico. Las decisiones que hasta ahora se han tomado para enfrentar esta crisis no hacen más enardecer la frustración que los chilenos han formado desde 1990 debido al abuso que sienten por un modelo económico privatizador que no cumple los estándares de una sociedad justa. Son “deudas sociales” que requieren ser visibilizadas, lo que significa que debe irse más allá de las clásicas medidas de bienestar. Estas otras medidas existen desde hace tiempo, pero no hay una decisión firme para utilizarlas. Ello demuestra la desconexión que existe entre la élite política y el descontento que hay en las calles. Por ende, el único enemigo que hay aquí es la indiferencia de la clase política que genera y mantiene el malestar y tensión de la sociedad chilena que, por el momento, aún no se disipa.

 

Fuentes:

El Comercio (1)

La República (2)

BBC Mundo (3) (4)

CNN en Español (5)

Panorama Social de América Latina (6)

Datos de Leonardo Vera (7)

 El Clarín (8)

 

 

comments
< >