Sábado, 11 Julio 2020

La economía, desde siempre, ha estado subordinada a componentes y constructos sociales como la religión, la política y la cultura. Es decir, la economía siempre se ha visto en la necesidad de “subordinarse” a constructos sociales[1] para asegurar su funcionamiento.

Karl Polanyi, en La gran transformación, señala que, hasta finales del feudalismo, las estructuras económicas se organizaron en base a “principios primitivos de subsistencia” como la reciprocidad, la redistribución y el principio de la administración doméstica. Estos principios de comportamiento, que en algunos contextos culturales aún se mantienen vigentes, no pudieron aplicarse sin que se planifiquen modelos institucionales para ello. En este marco económico, la producción y distribución de bienes estaban aseguradas por sociedades disciplinadas para orientar su accionar en base a principios de comportamiento ajenos a la noción de beneficio individualista. Se puede entender que, histórica y naturalmente, la producción y distribución han estado “incrustadas” en las relaciones sociales. En términos del autor, la economía está arraigada[2] a las relaciones sociales, políticas, religiosas y culturales.

En El sustento del hombre, Polanyi enfatiza que el uso del término “económico” suele sesgarse espacio-temporalmente a la noción propia de una economía de mercado. Ante ello, discute dos definiciones de la palabra economía: economía formal y economía sustantiva. Ambas con raíces independientes y distintas.

Por un lado, Polany critica como economía formalaaquella estructura económica que tiene como fin alcanzar un objetivo desde la racionalidad del agente económico (maximizando los beneficios o minimizando los costos) y lo hace al aplicar todos los medios que estén a su alcance. Esta estructura económica encuentra como racionalidad económica que los medios son escasos, pero no presenta cuáles son los medios correctos para alcanzar dichos fines[3].

Por otro lado, Polanyi presenta la noción de economía substantiva al concebir que naturalmente “los seres humanos, como cualquier ser viviente, no pueden subsistir sin un entorno físico que les sustente” (Polanyi, 1994, p. 91). En otras palabras, este último significado “substantivo” nace de la patente dependencia del hombre con la naturaleza y sus semejantes para lograr su sustento.

Para Polanyi, la ambigüedad del término “económico” genera un obstáculo y, con ello, una falacia, la cual es el resultado de “igualar la economía humana general con su forma [particular] de mercado” (Polanyi, 1994, p. 78).De esta manera, con las consideraciones, propias de una economía de mercado, el sistema económico determinaría las instituciones que funcionan en la sociedad, con lo cual se entendía que “así como el hombre económico era el hombre real, el sistema económico [de mercado] era realmente la sociedad” (Polanyi, 1994, p. 85). La sociedad se reduciría a la interacción de un conjunto de individuos que actuarían racionalmente en aras de maximizar sus beneficios. Desde esta lógica de maximización de beneficios, se concibe una forma particular de bienestar delimitado por la acumulación de riquezas (o capital). Tras lo dicho, se entiende que la economía de mercado capitalista, la cual se consolidó hacia finales del siglo pasado, no es más que la institucionalización de una de las tantas maneras de organizar la economía en la sociedad

De esta manera, para el autor de La gran transformación, en contraste a lo señalado líneas arriba, la característica principal de la economía de mercado será la separación institucional de la estructura económica con la estructura social y sus componentes culturales o políticos, lo cual representa una economía desarraigaday, con ello, un sistema de mercado autorregulado que necesita de una sociedad subordinada al mismo.

En ese sentido, la noción de que los mercados se autorregulen y que sea la sociedad la que se someta a esta autorregulación económica o que, en el peor de los casos, la economía se desvincule por completo del ámbito social representa un nuevo paradigma absolutamente opuesto a las nociones primitivas de organización social. Para Karl Polanyi el “desarraigo” entre la estructura económica y la social es imposible, pues esto implicaría que los seres humanos y el medio ambiente que los rodea se conviertan en “mercancía”, con lo cual tanto la humanidad como el medio ambiente se destruirían.

Para Polanyi, tras el intento de desarraigo de la economía con la sociedad, surgen contra-movimientos anti-mercado (reacciones socialistas, progresistas, etc.), los cuales buscan nuevamente su arraigo o regulación desde un cambio institucional. Sucesivamente, estos contra-movimientos, al pretender la “humanización del modelo neoliberal” (el arraigamiento de la economía con la sociedad o la subordinación de la economía con la sociedad) están acompañados de “movimientos”, los cuales pretenden impedir la reconversión del modelo neoliberal. Esta dinámica (contra-movimientos seguidos de movimientos) trae consigo fuertes tensiones sociales que se manifiestan a manera de protestas o conflictos sociales. Sobre todo, en ciertos contextos sociales en los que naturalmente la vida económica se organiza en torno a costumbres primitivas muy arraigadas. En estos contextos, la “tensión social” representa un impacto significativo sobre el bienestar general de las sociedades o comunidades.

A raíz de ello, es válido preguntarse, ¿por qué a pesar de los esfuerzos que se hacen por regular las tensiones sociales (conflictos, protestas, etc.) estas aún persisten? Ante ello, Alberto Acosta y Ulrich Brand entienden que “por sus dinámicas inmanentes (competencia, lógica expansionista, concentración y centralización del capital, externalización, explotación, migraciones masivas, etc.), las contradicciones, los conflictos y las crisis sociales son inherentes a las sociedades capitalistas que cambian y se reacomodan permanentemente según las demandas de acumulación del capital. Estas situaciones críticas, por lo demás, pueden fomentar estrategias progresistas” (Acosta y Brand, 2017, pp. 24-25)[4].

Finalmente, se podría plantear que las “tensiones sociales” son inmanentes a la “economía de mercado”. En otras palabras, las tensiones persisten porque el modelo de crecimiento neoliberal extractivista se mantiene vigente.

Tras lo dicho, se cree que es imperativo repensar la lógica y estructura económica de crecimiento extractivista imperante del país que, desde esta apreciación académica, se refunda constantemente a fin de no perder vigencia, “superando” procesos de tensión social, en perjuicio de quienes buscan un cambio y no lo consiguen.

 

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS:

Acosta, A., & Brand, U. (2017). Salidas del laberinto capitalista: Decrecimiento y postextractivismo (Ed. rev.). Barcelona, España: Icaria Editorial.

 

Polanyi, K. (1994). El sustento del hombre. Barcelona, España: Mondadori.

 

Polanyi, K. (2017). La Gran Transformación. Los orígenes políticos y económicos de nuestro tiempo (3ª ed.). Ciudad de México, México: Fondo de Cultura Económica.

 



[1] En ello radica la crítica contemporánea del supuesto de la racionalidad del agente económico y sus axiomas en la economía neoclásica.

[2] Una economía arraigada, como la que se construye desde lineamientos culturales primitivos de supervivencia:  redistribución, reciprocidad y administración doméstica.

[3]  En todo caso, no señala cuáles son los fines que se deben alcanzar

[4] Protestas o conflictos a fin de concretar cambios institucionales

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